La buena vida

Otoño    

En el mes de noviembre en la Iglesia celebramos la fiesta de Todos los Santos del cielo, y conmemoramos a todos los Fieles Difuntos. Conmemorar es recordar algún hecho importante con la celebración de un acto solemne. ¿Qué hay más importante que la elección de cómo pasar la vida eternamente? Estamos todos invitados especialmente durante este mes:

 A rezar por todas aquellas personas que ya nos esperan al otro lado.  

A fijarnos en el ejemplo de los que han alcanzado el premio del cielo, para siempre.     

Y en definitiva a interrogarnos ante el misterio de la muerte, y quizá caer en la cuenta que la “buena vida” es la “vida buena” porque alegra a Dios, llena el corazón del hombre y de sus efectos disfrutan los dos eternamente.  

Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en Ti”.

La meta nos la pone Dios. Es ambiciosa. Afecta directamente al corazón: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y al prójimo como a ti mismo”

Amar a Dios, enamorarse del ser más perfecto y más bueno. Poder decir de verdad: ¡yo soy amigo de Dios, de la familia de Dios, hijo de Dios! Esto no es un modo de hablar, sino una realidad en la vida diaria de los cristianos.   

Y amar al prójimo como a uno mismo, es decir, más que la propia cuenta corriente, que aprobar el carnet de conducir, que el ordenador portátil o que mi tiempo libre. Amar al prójimo implica, por tanto, aprender a cortar las alambradas láser con las que el egoísmo nos aísla y nos impide tener abierto el corazón a todos. Hay mucho trabajo: ¡son tantos los millones de hombres que se odian, se pelean, se matan, se drogan o se ignoran! 

Para aspirar a la plenitud no hace falta sentir una particular emoción o tener unas cualidades peculiares, ni irse a un desierto, ni oír no se sabe qué voces interiores espirituales, ni ser una persona especial: algun@ se imaginan a los cristianos como seres extraños, ajenos a la realidad, incluso feos, bajitos, gangosillos, que no se comen una rosca y más anticuados que los huesos de Atapuerca. 

El cristiano no es así. El cristiano es normal; amar a Dios es lo normal: “Nos hiciste, Señor, para ti,…”. Lo anormal es lo contrario, por muy extendido que esté. Tod@ hij@ de vecin@ está llamad@ al amor, a la santidad (son palabras sinónimas). 

¿Cuanto te cuesta a ti la santidad?

Fuente: Corazón inquieto. Ver más en “la fuerza que necesitas”

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