Dieron la vida por mi, con tan solo 9 años.

El Padre Steven Kwon L.C. (Canadá) contó para Alfa y Omega 12 marzo 2009 una historia impresionante, que merece la pena leer.

Después de la buena preparación durante la cuaresma, notamos cerca la Semana Santa.  Es el tiempo que la liturgia nos ofrece para descubrir como es el amor de un Dios que da la vida por nosotros. El que MIRA, entiende que el Dios que “da” merece respuesta.

El relato habla por si solo. Quizá la fuerza del ejemplo te lleve a decidir cómo vivir mejor TU Semana Santa. 

  

Crecí en un ambiente sano con amigos católicos que practicaban su fe con gran entusiasmo, porque formaban parte de un grupo carismático. Mi mejor amigo era Jason Hanson. Algo sorprendente ocurrió después de un partido de fútbol. Ganamos el partido y Jason me invitó a comer cerca del colegio. Mientras caminábamos a una tienda Seven-Eleven, Jason me preguntó: «¿Qué vas a hacer cuando seas grande?» Yo le respondí: «Seguramente seré médico y llegaré a ser papá de seis o siete niños». Jason me dijo con una sonrisa: «Pero ¿eres feliz?» «¡Claro que sí, soy feliz!», le dije. Entonces Jason me volvió a preguntar: «Yo me refiero a si eres realmente feliz». -«Bueno, realmente no», respondí. Luego me dijo Jason: «Creo que yo puedo curar tu infelicidad, pero te lo enseñaré después».

 

Cuando llegamos a la tienda Seven-Eleven nos separamos. De repente un joven corrió con una pistola y empezó a amenazar a la chica que estaba en la caja registradora. El joven la amenazó con matarla si no le daba todo el dinero. La chica estaba tan asustada que no lograba atinar los botones adecuados para abrir la caja registradora. El joven de la pistola se empezó a poner nervioso e impaciente, y cuando me vio, apuntó directamente hacia mí. Me quedé helado.
 
Luego vi a mi mejor amigo corriendo hacia él por detrás. Antes de que pudiera hacer algo, vi a Jason saltar en el aire y golpear al joven por detrás. Dado que Jason era bajo de estatura, cayó al suelo, apenas sorprendiendo un poco al pistolero, que se dio la vuelta y le disparó dos balas en el pecho, y salió corriendo.
 
Jason me llamaba: «Steve, Steve, ¿dónde estás?» -«Estoy aquí», le dije, y corrí hacia él. «Todo va a salir bien, te pondrás bien, aguanta un poco», y grité: «¡Llamen a una ambulancia!» Tomé a Jason y me miró con una sonrisa, e, intentando respirar, me dijo: «¿Sabes qué, Steve?», yo dije: «¿Qué?» Respiró profundamente y me dijo: «Lo mejor que se puede hacer en este mundo es dar la propia vida por un amigo». Después, Jason murió en mis brazos, con tan sólo nueve años.

 

Después de esta dura experiencia, sentí con fuerza mi fe y mi vocación al sacerdocio.
 
Sentí a Dios cerca de mí, llamándome a seguir sus huellas.
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