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La esencia de la navidad

Te recomiendo para esta navidad un pequeño vídeo, que no puedo cargar como otras veces, pero que puedes ver pinchando aquí.

http://www.youtube.com/watch?v=yXmqMFmwd50

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En verano, Dios va donde tu vayas (3)

 

NUESTRO MEJOR ALIADO: trato con Dios

 Dios está totalmente dispuesto a ayudarnos pero se lo tenemos que pedir y no podemos dejarlo pasar.

Los padres -primeros educadores de los hijos- de la misma manera que enseñamos a vestirse, a comer, a andar… enseñamos a tratar a Jesús. Ser cristianos es un tesoro que no podemos guardar para nosotros, queremos hacer partícipes de ese tesoro especialmente a los más cercanos, a las personas que más queremos, nuestros hijos. Lo mismo que cuando hemos leído un libro o visto una película que nos ha gustado mucho, no paramos de recomendarla a nuestros amigos.

Con Dios las vacaciones no existen,

más bien nos vamos de vacaciones con Él.

No se trata de hacer grandes cosas, solo de rezar en familia para que Dios esté presente en sus vidas y así como por ósmosis aprendan a tratarlo con naturalidad.

Rezar al levantarnos y acostarnos

Bendecir la mesa antes de comer.

Dar gracias a Dios por las cosas que tenemos, recurrir a su ayuda cuando necesiten algo, etc.

Participar de la Santa Misa los domingos.

Sin duda el tesoro más grande que tenemos los cristianos es la Santa Misa. Por eso el domingo es el día más importante de la semana, porque es el día de Jesús y lo celebramos con la Santa Misa. Es muy probable que nuestras hijos se aburran, que no quieran ir a Misa porque no la entienden, y nuestra misión es ayudarles a valorar y querer cada día más la Santa Misa.

¿Cómo?

 Hablando con ellos, explicándoles lo que supone y significa (y para eso primero tendremos que formarnos nosotros) y sobre todo con nuestro ejemplo. Tienen que ver hecho realidad que el domingo es el día más importante de la semana, y que lo más importante de ese día es la Santa Misa. Por eso al programar el plan de fin de semana hay que tener previsto poder asistir a Misa el domingo o la víspera. No da igual ir o no ir; los cristianos tenemos la necesidad de ir a Misa los domingos, es el momento en el que Dios nos da las fuerzas para seguir adelante y sobrevivir.

 ¿Qué podemos hacer para cuidar más la Santa Misa?

1. Buscar horarios de Misa (se puede hacer por Internet en http://www.misas.org)

2. Sentarse en los bancos de adelante: evitamos distracciones y nuestras hijos ven mejor lo que pasa, están más atentos.

3. Cuidar la forma de vestir: no es lo mismo ir a la playa que a Misa.

4. Llegar puntuales: cuidamos la puntualidad en ir a clase, en llegar al cine… No podemos hacer esperar a Jesús. ¿Haríamos esperar a una persona importante?

5. Que nos oigan contestar: pronunciar bien, vocalizando, para que ellos oigan y aprendan. Echarles una miradita animándoles a que participen.

6. Que nos vean atentos y que nos vean rezar: por ejemplo después de la comunión, con mucho respeto. Podemos animarles a que ellos también se pongan de rodillas y recen. Al acabar la Misa, como Jesús todavía está dentro de nosotros, es recomendable quedarse unos minutos dando gracias.

7. El respeto al sacerdote: cuando entra nos ponemos de pie, esperamos a que salga para salir.

En verano, Dios va donde tu vayas. (1)

Llega el verano y con él, las merecidas vacaciones. Es una época en la que, tenemos más tiempo libre. ¡Tengamos también tiempo para Dios!.

El verano se puede convertir en el invierno del alma si le damos vacaciones a nuestra vida de fe, o se puede convertir en un momento de gracia para profundizar en la oración, la formación en la Verdad de Cristo, vivir la Caridad, dedicar más tiempo a nuestra familia…

No se puede ser cristiano a tiempo parcial: a Jesucristo se le sigue siempre o no se le sigue, porque “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24).

Somos cristianos en casa y en la Iglesia, en el lugar de trabajo y en el lugar de descanso, en verano y en invierno. Hemos de vivir así, con Cristo y en Cristo, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos… Eso es lo que se llama unidad de vida.A esto estamos llamados y capacitados por el Bautismo y la Confirmación. A ser autenticamente lo que somos: Hijos, herederos, testigos, apótoles…

Estos días haremos algunas propuestas que no aparecen en los folletos de las agencias de viajes. En la mayoría de los casos se trata de alternativas sencillas, baratas. Porque estamos convencidos de que los mejores momentos, los más felices, son los que empleamos para amar a Dios y a los demás.

Transmitir este ánimo a nuestros hijos hará que este verano se convierta en un hito importante en su formación y educación.

El objetivo es no cejar en el empeño de hacer de los hijos personas felices, personas que quieren a Dios y que se dan a los demás.

El hombre que hacía milagros

Recorremos durante los tiempos del año litúrgico la vida de Jesús. Después de la resurrección es tiempo de Pascua, y todo lo que sucedió anteriormente adquiere su más profundo sentido.  

El hombre que hacía milagros es una película excepcional para grandes y pequeños que relata la vida de Jesús.

En ella se puede ser testigo de el quécómoporqué y en el minuto 122 el para qué de todo el relato.

Precisamente en ese momento empieza nuestra participación más activa en esta historia. La Iglesia, que somos cada uno, tenemos el encargo de continuar su misión a través de nuestras propias vidas.

Resuenan con fuerza en nuestro corazón las palabras de Jesús antes de la Ascensión: “Id por toda la tierra y haced discípulos en todas las naciones, (…) el Espíritu Santo vendrá sobre vosotros (…) y yo siempre estaré a vuestro lado hasta la consumación de los siglos.

Jesús asciende al cielo y así nos abre el camino de unión con Dios que todos estamos llamados a recorrer. Sigue a nuestro lado, pero para verle y permitirle que se manifieste a través nuestro necesitamos tener bien abiertos los ojos de la fe. Por eso necesitamos la acción urgente del Espiritu Santo que acude el día de Pentecostés para edificar esa Iglesia visible de un Jesús aparentemente invisible.

Al Espíritu Santo, que recibimos especialmente en el Sacramento de la Confirmación, y que nos asiste a lo largo de nuestra vida acudimos con esta oración compuesta por San Josemaría:

 

“¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

 

¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….”

Los tres árboles

Los sueños de los apóstoles respecto al triunfo de Cristo se cumplieron de forma diferente a como ellos habían imaginado, pero mucho más plena. Se dieron cuenta después de la resurrección. Lo mismo nos pasa a cada uno en nuestras vidas. No conseguimos ver lo que Dios nos tiene preparado si abrazamos nuestra cruz, hasta que no ha pasado todo. Hay que perseverar junto a Dios, para poder verlo.

Nos lo explica este “cuento”.

Había una vez, sobre un colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños. El primer árbol dijo: “Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza“. El segundo árbol contestó: “Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi casco”. Finalmente, el tercer árbol dijo: “Yo quiero crecer hasta ser el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de El. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí”. 

Después de años de rezar para que sus sueños se realizasen, un grupo de leñadores se acercó a los árboles. Cuando uno se fijó en el primer árbol, dijo: “Este parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un carpintero”. Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro. Ante el segundo árbol, otro leñador dijo: “Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los astilleros”. El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso. Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, él se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: “No necesito nada especial de mi árbol. Me llevaré éste”. Y lo cortó. Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo, y lo llenaron de heno. No era esto lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, se acabaron. Al tercer árbol simplemente lo cortaron en tablones, y lo dejaron contra una pared. Pasaron los años, y los árboles se olvidaron de sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño sobre el heno del pesebre que había sido hecho con la madera del primer árbol. El hombre querría haber hecho una pequeña cuna para el niño, pero tenía que contentarse con este pesebre. El árbol sintió que era parte de algo maravilloso, y que se le había concedido tener el mayor tesoro de todos los tiempos. Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros despertaron al que estaba dormido. El se levantó, y dijo: “¡Cállate!”, y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes. Finalmente, tiempo después, se acercó alguien a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, el hombre fue clavado en el madero, y levantado en el aire para que muriese en lo alto, a la vista de todos. Pero cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que había sido lo suficiente fuerte para estar sobre la cumbre y acercarse tanto a Dios como era posible, porque Jesús había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado como el árbol de la Cruz. 

La parábola nos enseña que aun cuando parece que todo nos sale al revés, debemos estar seguros de que Dios tiene un plan para nosotros. Si confiamos en El, nos dará los regalos más valiosos. Cada árbol obtuvo lo que deseaba y pedía, pero de otra manera mejor.

No nos es posible siempre saber qué prepara Dios para nosotros; pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre mucho más sublimes.

(Anónimo inglés. Traducido por E.M. Carreira).

Domingo de Resurrección

Celebramos la Resurrección del Señor que al tercer día de su muerte, tal como había anunciado, salió del sepulcro triunfante y glorioso para nunca más morir. Esta es la fiesta más importante del año. Su fecha está fijada en el Domingo siguiente al primer plenilunio del equinoccio de primavera, y de ella dependen todas las fiestas variables del calendario cristiano.

Jesús, vences el pecado con tu muerte y resurrección, así nos abres las puertas del cielo. ¡ ¡ ¡ Quiero estar allí en primera fila! ! !. Cuento con tu ayuda, gracias Jesús.

Con esto nos enseñas que también nosotros debemos vencer el pecado y cuidar la pureza de nuestra alma.

todo esto, ha servido para algo.

 Si Jesús está conmigo, tengo fuerza para decir no al mal.

Deja claro el camino en su Iglesia.

Jesús no me deja solo, se queda acompañandome en la Eucaristía cada día de mi vida.

Deja los Sacramentos para ayudarme a ir al cielo. Por ejemplo deja el Sacramento de la Confesión para poder pedir perdón cuando manche mi alma con el pecado.

He ganado una Madre, ¡y que Madre!, la Virgen.

Piensa tú y descubre mucho más

Sábado Santo

 

Jesús ha muerto, un soldado le abrió el costado con la lanza y al instante brotó sangre y agua. José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús, lo envolvieron en lienzos, con aromas, y lo colocaron en un sepulcro nuevo. Los apóstoles acuden a la Virgen, que les fortalece en la fe y en la esperanza de la resurrección de su Hijo.

Hoy es un día de dolor y soledad en la Iglesia, porque Jesús ha muerto y aún no ha resucitado.

Pero es también un día de esperanza y de gloria porque presentimos cercana la victoria de la Resurrección.

En la Vigilia Pascual por la noche, se empieza a celebrar la Resurrección de Jesucristo, que ocurrió el domingo al amanecer.