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Adoración al Santísimo Sacramento

Los cristianos creemos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

 Esto significa que sabemos que está allí presente Cristo como una persona realmente presente: nos ve, nos oye, nos espera, se acerca y nos busca, se inmola por nosotros en la Santa Misa. Aunque no le vemos con los ojos, por la fe sabemos que está ahí.

 En los ratos de bendición y exposición del Santísimo manifestamos nuestra fe adorando a Jesucristo expuesto sobre el altar en una Custodia.

 La adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por él, sólo si sigo el camino que él me señala.

 Los primeros viernes de mes, hay costumbre de hacer velas al Santísimo en muchos lugares del mundo.

Algunos días del año, por ejemplo en la fiesta del Corpus Christi esa bendición va acompañada por las procesiones con el Santísimo en las que le llevamos por las calles de la ciudad, danto testimonio de nuestra fe.

Casi nos parece oír sus voces…

La de María Magdalena, la primera que vio al Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario;

las voces de las mujeres, que se encontraron con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a los discípulos el anuncio del sepulcro vacío;

las voces de los dos discípulos que con rostros tristes se habían encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido «en la fracción del pan»;

las voces de los once Apóstoles, que aquella misma tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo, mostrarles las heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con vosotros!».

Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.

De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina Caeli. El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es breve y tiene la forma directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a María, que esta vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.

(Benedicto XVI)

La pascua se celebra durante 50 días.

Es EL TIEMPO MÁS FUERTE de la liturgia. 

Tiempo de adoración, de alabanza, de acción de gracias y de gozo, que es más que alegría.

Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés.

 

Vuestras pequeñas cruces de hoy pueden ser sólo una señal de mayores dificultades futuras.

Pero la presencia de Jesús con nosotros cada día hasta el fin del mundo (Mt 28, 20) es la garantía más entusiasta y, al mismo tiempo, más realista de que no estamos solos, sino que Alguien camina con nosotros como aquel día con los dos entristecidos discípulos de Emaús.

(Juan Pablo II).

El universo en un vaso de agua

“Es Él quien hace que mis huesos sean firmes, que mi carne viva, que mis neuronas funcionen, que mi alma exista, piense, y ame. Él está dentro de mí.”

 

 

La PRESENCIA DE DIOS es adquirir conciencia de que tengo a Dios en mis entrañas. Existo porque Dios me quiere. Vivo en el interior de esa mirada amorosa e ilusionada de Dios que me da la existencia.

 

Nuestra existencia es fruto de una elección de Dios, que nos ha llamado a la vida y al amor. Cada uno realiza esta vocación personal a través de sus respuestas.

Somos el fruto de un acto de amor de Dios. Existimos porque Dios nos mira y nos ama. Y Dios nos ha hecho capaces de conocer y de responder a ese Amor. Nos ha creado inteligentes y libres, para que podamos tener un diálogo de amor con Él.

Yo soy aquel que puede ir respondiendo a Dios, realizando a lo largo de la vida ese proyecto que Dios ha pensado con todo cariño para mí.

La vida es un diálogo continuo, con palabras y hechos, entre Dios y la persona humana.

  “¿Acaso no se venden por un as dos pajarillos? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y en vosotros, hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. Así que no tengáis miedo”        (Mateo, 10, 2931),

La cercanía de Dios… nos hace comprender la esencia de todas las religiones:

LA ADORACIÓN.  Adorar es decir: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”.

 

Adorar es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: “Yo soy tuyo y te pido que tu también estés siempre conmigo”.  Benedicto XVI

 

LA ORACIÓN. Es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos de abandonarnos a El, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza.  

 

Es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor.

 

La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor.  Juan Pablo II.

 

EL SACRIFICIO. La esencia del sacrificio consiste en renunciar a algo que nosotros podríamos utilizar en nuestro propio beneficio, y dedicárselo a Dios. Esto es como decirle “me importas más que yo mismo”, “te agradezco lo que te debo, dando lo poco que puedo”.

 

Todo el valor sobrenatural de nuestras obras, se realiza cuando unimos nuestras vidas a la de Cristo en el Sacrificio de la Misa.

 

Las gotas de agua que se mezclan con el vino en el Ofertorio significan esa vida nuestra que se une al sacrificio de Cristo. Del mismo modo que el agua se mezcla y se une al vino, así nuestras vidas y obras se unen a Cristo y se ofrecen a Dios Padre.

 

Este texto contiene algunos extractos de un libro que te recomiendo: “Un bicho en busca de Dios” de Mikel Gotzon Santamaría.