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Lorca y Japón

De nuevo, en poco tiempo y en distintas partes del mundo la tierra nos juega una mala pasada, de la que sabemos que es costoso recuperarse.

En todo este desastre todo el mundo se vuelca. Hay un terremoto muy superior al que produce daño material. Es el terremoto de miles de iniciativas solidarias de oración y acción para subsanar tanto daño.

Este mal va a generar mucho bien, gracias a la generosidad de mucha gente. Pasado el tiempo y superada la dificultad, los habitantes de Lorca recordarán el duelo por lo perdidola alegría de produce el calor de una solidaridad que ni imaginaban que existía y la insustituible ayuda de Dios para superar esta difícil circunstancia.

Los tres árboles

Los sueños de los apóstoles respecto al triunfo de Cristo se cumplieron de forma diferente a como ellos habían imaginado, pero mucho más plena. Se dieron cuenta después de la resurrección. Lo mismo nos pasa a cada uno en nuestras vidas. No conseguimos ver lo que Dios nos tiene preparado si abrazamos nuestra cruz, hasta que no ha pasado todo. Hay que perseverar junto a Dios, para poder verlo.

Nos lo explica este “cuento”.

Había una vez, sobre un colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños. El primer árbol dijo: “Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza“. El segundo árbol contestó: “Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi casco”. Finalmente, el tercer árbol dijo: “Yo quiero crecer hasta ser el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de El. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí”. 

Después de años de rezar para que sus sueños se realizasen, un grupo de leñadores se acercó a los árboles. Cuando uno se fijó en el primer árbol, dijo: “Este parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un carpintero”. Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro. Ante el segundo árbol, otro leñador dijo: “Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los astilleros”. El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso. Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, él se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: “No necesito nada especial de mi árbol. Me llevaré éste”. Y lo cortó. Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo, y lo llenaron de heno. No era esto lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, se acabaron. Al tercer árbol simplemente lo cortaron en tablones, y lo dejaron contra una pared. Pasaron los años, y los árboles se olvidaron de sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño sobre el heno del pesebre que había sido hecho con la madera del primer árbol. El hombre querría haber hecho una pequeña cuna para el niño, pero tenía que contentarse con este pesebre. El árbol sintió que era parte de algo maravilloso, y que se le había concedido tener el mayor tesoro de todos los tiempos. Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros despertaron al que estaba dormido. El se levantó, y dijo: “¡Cállate!”, y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes. Finalmente, tiempo después, se acercó alguien a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, el hombre fue clavado en el madero, y levantado en el aire para que muriese en lo alto, a la vista de todos. Pero cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que había sido lo suficiente fuerte para estar sobre la cumbre y acercarse tanto a Dios como era posible, porque Jesús había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado como el árbol de la Cruz. 

La parábola nos enseña que aun cuando parece que todo nos sale al revés, debemos estar seguros de que Dios tiene un plan para nosotros. Si confiamos en El, nos dará los regalos más valiosos. Cada árbol obtuvo lo que deseaba y pedía, pero de otra manera mejor.

No nos es posible siempre saber qué prepara Dios para nosotros; pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre mucho más sublimes.

(Anónimo inglés. Traducido por E.M. Carreira).

Siempre hay una razón para vivir…

Limosna… dar una razón al que la necesita. 

Hay personas que no quieren vivir “como viven”,

pero querán vivir si otros ayudamos a que su vida sea diferente.

Jornada por la vida – 25 de marzo de 2011

Refuerzos para Japón

Muchas personas están sufriendo´en estas islas por el terremoto del día 11. Nadie se queda indiferente ante tanto dolor. Nosotros, además de la ayuda material que podamos prestar desde la distancia, enviamos ayuda para afrontar estos momentos a través de nuestra oración y sacrificio. Tenemos un gran motivo para vivir con más generosidad el tiempo de Cuaresma.

Bienvenido a casa

Yo soy Iglesia, tú eres Iglesia, Él es Iglesia, nosotros somos la Iglesia …

Regreso al futuro

Así se titula una película en la que el protagonista que viaja a través de un túnel del tiempo, es capaz de estar presente en su futuro. Por esa presencia cambia su vida por una mejor.

En la historia de la humanidad hay un acontecimiento que sucedió en el pasado y que tiene el poder de transformar definitivamente el futuro de quien regresa a él en el presente. Ese acontecimiento es Belén.

¿Recuerdas a los tres Reyes Magos recorriendo con valentía y autentica determinación unos caminos desconocidos, largos y difíciles bajo la luz de una enigmática estrella, que les llevó al Señor?.

Todos tenemos experiencia de toparnos en nuestra vida con muchas “luces buenas” que hemos sabido mirar. Dejándonos guiar por ellas hemos comprobando con sorpresa que nos han conducido hacia un futuro, quizá no más fácil, pero si más feliz.

Una luz esencial para la mirada de un cristiano, es la LITURGIA de la Iglesia. Ella nos invita a descubrir a través de sus símbolos como Dios nos llama y nos guía. Tenemos bien experimentado que sin recorrer el camino del encuentro personal con Cristo nuestra fe es hueca, insípida y vacía. Sabemos que la liturgia es parte del camino.  Necesitamos la Liturgia para vivir en Cristo y de Cristo.

A partir hoy se nos invita a adentrarnos en el camino del TIEMPO DE ADVIENTO que recorreremos hasta el 24 de diciembre.

Con él comienza el Año Litúrgico. Con él podemos mirar al futuro.

Sin Dios, el hombre se ve abocado a caminar solo y en el laberinto estrecho de su limitación y de las absurdas tendencias que producen las heridas del pecado.

El autentico futuro es el que hace al hombre recuperar su grandeza y esto solo ocurre en Dios.

La verdadera fuerza de la Iglesia es ser el espacio al que podemos regresar siempre que lo necesitemos a recogernos en silencio para crecer, desarrollarnos, dar fruto y encontrar así nuestro auténtico futuro.

 

Estamos invitados:

  • a “creer “y “esperar” en la venida de nuestro Dios, para poder “amar” cuando venga en navidad.
  • a disponer nuestra alma para que acoja al Señor que viene en la Comunión y en la gracia.
  • a estar preparados para la venida final del Señor como juez, en la muerte y en el fin del mundo.

¿Cómo?

Mejora tus ratos de oración,

proponte pequeños sacrificios que te ayuden a percibir la inminencia de su llegada,

acércate al sacramento de la confesión para limpiar a fondo el portal de tu alma,  de todo lo que pueda doler al Niño y  …

prepara así un auténtico portal de Belén donde la Virgen esté contenta de poder dejar a su Niño, a nuestro Niño.